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Pasó una década de aquel diciembre en que el pueblo puso en jaque el sistema electoral burgués luchando en las calles por el "que se vayan todos". Analizamos las recomposiciones y luchas desde abajo.
Pasaron ya 10 años de aquel 2001 en que el pueblo puso en jaque el sistema electoral burgués luchando en las calles por el “que se vayan todos”. La desconfianza en el sistema y su clase política era la norma para vastos sectores de la sociedad que tomaban la política en sus manos y buscaban alternativas desde abajo a un sistema que se mostraba caduco en nuestro país. Hoy nos encontramos ante un escenario distinto, pero aquella rebelión expresó valores, principios y cuestionamientos a las lógicas capitalistas y potenció el ejercicio de un protagonismo popular, que en cada lucha se sigue haciendo presente.
Lo viejo que no termina de morir 10 años después en la Argentina es otro el escenario que se nos presenta. El kirchnerismo, luego de sortear con comodidad las elecciones primarias de agosto, se prepara para la ratificación en octubre de un modelo que se legitima ante las grandes mayorías electorales. Sería apresurado en este momento sacar conclusiones respecto a qué significó ese 50% de apoyo en las urnas al gobierno de Cristina, si un voto apuesta o un voto porque todo quede como está. Pero la realidad es que desde el 2003, con algunos altibajos, el oficialismo ha logrado consolidar su discurso hegemónico, incluso retomando reivindicaciones y simbologías de los movimientos y las luchas populares, pero ahora en el marco de una gobernabilidad que no perjudica los intereses de las clases dominantes. Con la fortaleza que le da el respaldo en la urnas, el gobierno redobla su apuesta de profundizar el modelo extractivo basado en la exportación de materias primas, la explotación y depredación de la naturaleza y la concentración y extranjerización de la economía en general, y de la tierra en particular, y lanza el denominado “Plan Estratégico Agroalimentario”, que va acompañado de una “Ley de Extranjerización de Tierras” que se promociona como un resguardo de los intereses nacionales. Sabemos muy bien que los agronegocios, monocultivo de soja a la cabeza, sólo significan más desertificación, elevando el precio de los alimentos y contaminando regiones enteras, enfermando y matando animales y seres humanos y expulsando poblaciones que terminarán engrosando las ya superpobladas barriadas de los alrededores de las grandes ciudades. En el terreno electoral, el gobierno no parece ruborizarse siquiera al momento de considerar el posible costo de ciertas alianzas electorales. Tal es el caso del apoyo explícito que le hicieran las primeras líneas del gobierno (Boudou, Randazzo, Alicia Kirchner, e incluso la propia presidenta) a la postulación de Carlos Soria para gobernador de Río Negro (en la foto festejando el triunfo junto a la presidenta). El mismo que se encontraba al frente de la SIDE de Eduardo Duhalde durante la denominada Masacre de Avellaneda, desde donde jugara un rol fundamental en el plan represivo que terminara con el asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki y más de 30 heridos con balas de plomo. Estos acuerdos con lo peor del peronismo de derecha (que se repite en los nombres de Scioli, Insfrán, Otahecé, Gioja, entre otros) no hacen más que poner en evidencia qué significa en realidad la “profundización del modelo”. En este escenario, la derecha por fuera del kirchnerismo no ha podido articular una alternativa nacional y coherente que supere al oficialismo en las urnas, aferrándose a personajes nefastos de la historia de nuestro país con nulo peso político (Duhalde) y a alianzas puramente electoralistas (De Narváez – Alfonsín), aunque sí han logrado refugiar su cuota de poder en algunas de las principales ciudades de nuestro país, como es el caso de Mauricio Macri en la Capital Federal, José Corral (UCR) en Santa Fe, Víctor Fayad (UCR) en Mendoza, y Ramón Mestre (UCR) en Córdoba. Esta incapacidad ha hecho que muchos de sus exponentes empiecen a emigrar lentamente al kirchnerismo, que los recibe con los brazos abiertos, como es el caso del retorno de Felipe Solá a las filas kirchneristas de la mano de Scioli en la provincia de Buenos Aires, o el de Menem, ahora candidato a senador del FPV en la Rioja (garantía de impunidad incluida), lo que constituye un ejemplo bien gráfico de las tantas continuidades del actual gobierno con la política de los ‘90. La lenta agonía de las grandes estructuras e identidades partidarias ha dado paso a nuevas expresiones, como es el caso del Frente Amplio Progresista (FAP), un rejunte de partidos que se reivindican de centroizquierda que difícilmente pueda mantenerse a futuro (por lo menos en su forma actual), siendo la alianza del Partido Socialista y el GEN de Stolbizer la que tiene más chances de constituirse en un actor estable en la configuración del sistema de partidos nacional.
Y lo nuevo que sigue naciendo Mientras tanto, del lado de las y los que luchamos, vemos cómo muchas veces las coyunturas electorales profundizan procesos de fragmentación, dificultando la posibilidad de encarar espacios de coordinación más duraderos y atentando contra un horizonte estratégico de unidad del campo popular. Sin embargo, este escenario de presunta calma donde la volatilidad de los procesos políticos parece haber quedado en el pasado, no ha podido invisibilizar que en los últimos meses se ha dado un fuerte dinamismo de los sectores organizados del pueblo que buscan algún tipo de cambio. Mientras en la ciudad de La Plata miles de estudiantes festejan luego de años de organización y lucha el haber obtenido el derecho histórico del boleto universitario, que beneficiará a más de 100 mil personas que pasan por las aulas de la Universidad, más de 40 mil familias pertenecientes al arco de unidad política de la izquierda más amplio desde el 2005 a esta parte, toman las principales calles de todo el país con una sola consigna: “Trabajo digno y para todxs, el salario mínimo es un derecho”. Así, más de 40 organizaciones han dejado en evidencia que el modelo del que tanto se vanagloria este gobierno no es para todas y todos. Este “nuevo modelo”, si bien intenta desprenderse del discurso neoliberal, se apoya en salarios que no llegan a cubrir la canasta familiar y obligan a dos o más jornadas laborales por familia para poder llegar a fin de mes. Sin embrago, el pueblo en la calle demuestra que sigue padeciendo y sigue luchando por una vida digna, visibilizando aquellas realidades con las que nos hemos acostumbrado a convivir desde los años ‘90 y que este gobierno no ha sabido, o no ha querido, revertir. Es ese pueblo el que denuncia las terribles consecuencias del saqueo de los bienes naturales, de los agronegocios, de la megaminería a cielo abierto, la pérdida de la soberanía energética y la depredación pesquera. Es esta la columna vertebral del modelo que el kirchnerismo pretende “profundizar” de la mano de las grandes corporaciones transnacionales, apelando a la represión cuando haga falta, criminalizando y judicializando la protesta social, y militarizando los territorios en conflicto, garantizando la violación de los derechos laborales, condiciones indignas de trabajo y la concentración y extranjerización de la tierra. Es allí donde los sectores populares tendremos que dar batalla, poniendo estos temas en la agenda pública, defendiendo las conquistas y construyendo otro proyecto de país desde, con y para los de abajo. Si el 2001 puede ser pensado como un acontecimiento de ruptura con ese pasado que no quiere morir, nuestro desafío es construir y afianzar la organización que rompa con tanta dispersión de las luchas y le de una continuidad a ese acontecimiento, y que configure un sujeto popular que recupere sus más gloriosas experiencias de lucha y piense y muestre en tiempo presente, aquí y ahora, otra idea de sociedad posible. Todo esto sólo será posible si tenemos la capacidad de hablarle a todos y todas, de manera integral y con capacidad de confrontación real y de disputa de poder por fuera de la representación política instituida como la única posible. Si los sectores populares no somos capaces de plantear una articulación de ese tipo, la salida al kirchnerismo, o su “evolución natural interna”, será sin duda por derecha (Scioli, Boudou, Massa). Este es el desafío: el futuro, lo sabemos, ya llegó.
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